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17 diciembre, 2017 Comentarios desactivados en Me la Pérez Prado… Ideas

Me la Pérez Prado…

Por Amaury David Sánchez Burelo

Matanzas, Cuba, 11 de diciembre de 1917 o ¿1916? Nace Pérez Prado, quien por nombre llevaba Dámaso y quien al paso de los años, fue llamado El cara de foca o Carefoca.

¿Por qué elijo escribir sobre Pérez Prado y no de la inseguridad que hay en nuestro país o el amor que se me acrecienta por Beatriz? No tengo una respuesta clara, sólo es mi gusto musical matutino, que invade las neuronas y oídos para despertar con la violencia de bongós, compases golpeados y la imagen de vedettes agitándose ante el bigotito “amorsado” de quien hablo hoy.

Quizá he de disculparme desde ahora por no hablar completamente del “casi” creador del mambo y chachachá en México (bueno, no creador, sino gran difusor de esos géneros), en realidad quiero escribir mi experiencia estética, auditiva, de aquellos ritmos azotados.

Conocí el mambo y el chachachá, tal vez por dos situaciones. Pudo ser en el almacén de mi abuelo. Ahí donde guardaba las partes de ventiladores, lavadoras, licuadoras, etc., no faltaba un estéreo que mediante casetes grabados, reproducía la agitación de Pérez Prado dirigiendo su orquesta; o pudo ser por la reminiscencia de la música cubana que escuchaba mi padre. Buena Vista Social Club no tocaba lo mismo, pero al final, los géneros musicales emanados de Cuba, llevan esa raíz efusiva de lo afromestizo.

Después de identificar los movimientos que sugerían las fotos de las vedettes en el almacén de mi abuelo, sugerían algo más que movimientos. La moral judeocristiana comenzaba a romperse, a prestar espacio para que la carne se explayara en los espacios “algo” públicos. Por lo tanto, lo púbico jugaba a tentar la vista de abuelos, padres, adolescentes y mujeres, quienes derivaban del oído a la vista, su gusto por ser carne.

El Carefoca llega a México en 1948, es reconocido por su labor musical y el ritmo que trae del jazz adaptado a su manera de hacer mambo. Los ciudadanos, los mexicanos, todos los niveles sociales se adaptan a las melodías, se vuelven en ellas y disfrutan cada una de sus agitaciones, de su mordaz velocidad.

Mambo N°5, Mambo N°8, Mambo del Taconazo, Qué rico el mambo, Mambo del Politécnico y Mambo Universitario son algunas de las melodías que juegan entre el número y el nombre, porque el aquí mencionado, compuso cientos de ritmos para amenizar al creciente Distrito Federal.

Es el Mambo N°5 el que constantemente me devuelve al reconocimiento de Pérez Prado.

Viajo durante 45 minutos o una hora al trabajo y suena en el audífono los bongós, la efervescencia del ritmo y de alguna forma, me trae el comienzo o el intermedio de algún documental, película o cortometraje que trate al DF. La velocidad de los coches corriendo en la ciudad, los supermercados, los acercamientos de cámara en las personas que deambulan y yo regreso al tiempo que transcurro de mi casa al sitio laboral.

Me canso ganso de que pronto llegaré, pero esa proximidad de mis ojos asueñados (casi tan pequeños como los de Dámaso), con las horas de estar sentado en una computadora, son los que me animan en los instantes, en que los tambores son azotados y los trompetazos que me la Pérez Prado por los 100 años que se celebran, se han celebrado o se celebrarán por el nacimiento de aquel quien bendijo al mambo con su presencia.

 

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